Agua -terminado-

 




Agua

 

Un tipo con él, con Jaime. ¿Dónde? ¿Vio el camping El Zorzal? No lo recuerdo. Era él, lo sé y un tipo que parecía alto. Eran los dos. Dos, así empieza el Pentateuco con el equivalente a dos. Lo otro, lo opuesto, lo complementario a un hombre que desapareció sin gracia de cisne ni navaja de madera. Dos tipos. El hombre mueve la mirada, honda, como quien camina hacia la aventura de la desesperación. ¿Cuánto hace? Tres días, detective. ¿Y la policía? Digamos que nunca nos quiso. No les interesa Jaime. ¿Desde cuándo son amigos, Marcelo? Cuenta con los dedos en una gestualidad similar a quien debe responder rápido. Pero no hay jurados ni jueces. Incorrecto o correcto de bocas chillonas en programas provocados por alambre. Una gorra blanca, igual que la remera, un pantalón verde gastado, semejante a su voz. Cuatro años. Entonces desapareció con el hombre en el Zorzal. No, a una isla. ¿Cómo lo vio? Tengo prismáticos. Son berretas, pero por la figura en sombra yo sé que era Jaime. La noche y el agua eran un espejo, todo costaba pero sé que era Jaime. Yo estaba en mi lancha. Dice con la seguridad de Furias y susurros. Se pone anteojos, de marco azul.

 

El Zorzal es el último camping habitable ubicado en ese brazo del Delta. Las islas contiguas son propiedad de familias que se cuentan entre las más antiguas de esta zona. Nunca se conoce el Delta del Tigre, es tierra móvil, cambiante, tiene vida propia. Todo por aquí se mueve, flota, se hunde, resurge y vuela. Desaparece entre niebla para amanecer bañado en sangre. Hace años no pongo un pie en este pedazo de Buenos Aires, hace años me prometí nunca retornar. Se acomodó la gorra blanca, se acomodó la montura de los lentes,  la voz gastada comenzó a relatar historias de fantasmas y fanáticos. En la isla hay una casa de madera sobre pilotes de cemento, casi abandonada la casa, una o dos veces al año vienen los hijos de los dueños y así como vienen se van, el resto del año es lugar para celebraciones subterráneas, tímidas orgías y tropelías de todo tipo. Escapan de la boca oraciones bien paridas, descripciones detalladas de islas huérfanas que mueren bajo el sol. Datos inútiles con ínfulas de corredor turístico que desconoce detalles oscuros y siniestros pero pletóricos en cuadros infames de naturalezas salvajes. ¿Jaime también es del Tigre? No, él venía cada tanto, su familia era propietaria de una isla pero la vendieron hace unos años. Una casa blanca construida con la pasión de soberbios colonos cuando pilote sobre pilote se asentaba sobre lodo y cemento. Se acomodó la montura de los lentes, cerró la boca. Satisfecho. Complacido con sus pletórica incursión, con su despliegue de detalles y datos que, según su opinión, serían la piedra fundamental para esclarecer el caso.

 

Lo llevo a esa isla, detective, ¿le parece bien? Pregunta para agasajar a mis criaturas de Dr. Frankenstein, aquellas que aún temen a la humanidad. Los árboles no compiten por el sol, parecen unirse. Sus hojas caen en diversas direcciones. Las flores inflaman la tierra. Colores variados. Cada árbol ostenta su identidad. Valioso para un náufrago en una Naturaleza que llaman Pachamama. Pero necesito fumar, necesito esconderme, donde se ocultan los cascos que te vuelven invisible. El río despierto en pequeñas ondulaciones. Por debajo: sé. Remolinos y algas firmes, asesinos de tiempo-espacio humano y animal.

El motor embiste. Fiereza de lancha que por momentos se eleva. Aumenta la velocidad. Forjando olas anchas. Sacudiendo sus costillas. Sea ginebra, sea blanca, en este momento soy solamente yo mismo. Tétricos y desafiantes enviones para contagiarme de agua. Sin adeptos en labor ajustada para negarme mareos y estómago débil. A punto de desarmarse por el viento y el agua impulsivos. Menguan los estallidos. Calma para abrir raíces de viejos diamantes. Llegamos, detective, esa es la casa.

 

La casa no llama la atención, estructura muda atrincherada entre serpientes y montículos de basura. Una pileta de natación quebrada da la bienvenida a paseantes y curiosos, a dueños y usurpadores recurrentes. Cuatro pilotes y una plataforma, un pilón de madera ubicada más o menos en forma intencional para resistir al tiempo y a las crecidas del Delta. Bajamos de la lancha e ingresamos a través de un pequeño muelle que ostenta el cartel de privado, los tablones crujen a cada paso pero no dan la impresión de querer ceder. Crujen, hablan, dan señales de vida para que todos sepan que están allí y allí seguirán para extender su aura en fotografías tomadas apresuradas desde lanchas Colectivo. En tierra firme lio un cigarrillo. ¿Fuma?, pregunto sin interés de respuesta, sin intención de ofrecer. Es por allí, escucho. Miro. Donde los vi, me dice. Miro. Camina dos pasos. Nunca fueron de mi agrado los guías turísticos, nunca fueron de mi agrado los celadores y pastores. Miro. Apuro el cigarrillo. Reprimí la intención de arrojar la colilla al suelo, tierra arrasada, pensé, una vieja estrategia, acción urgente de pueblos en escape. Con las manos en los bolsillo camino hacia el lado opuesto. Las islas no tienen una sola manera de ser abordadas. El muelle privado no es la única puerta de entrada, existen, detrás y a los costados hilos que comunican isla con isla, puentes quebrados, pasadizos, caminos casi intransitables cuando se ahuyentan las tormentas. Algunas no son islas, la mayoría, en el sentido estricto de la palabra. Si alguien quisiera matar a otra persona, no ingresaría por el muelle, me digo, tampoco caminaría por senderos visibles desde lanchas curiosas. Un continente lleno de recovecos, caminos alternativos y escondites promiscuos está destinado a cultivar en sus tierras misterios y acertijos. Rodeo la casa, tres casitas más se levantan inmaculadas, residencias para paseantes en los tiempos en que el Delta era destino turístico. Tras ellas, campo virgen que se extiende hasta donde la vista alcance. A ambos lados, caminos. A ambos lados alambre que delimita propiedades, a cada lado senderos que atraviesan alambres que delimitan propiedades. La tarde cae, las lanchas no son de mi agrado, la noche en una lancha no será de mi agrado. Extensión suficiente para esconder crímenes, ¿por qué han de matar a una persona a tiro de prismáticos? Soledad. Siempre me ha gustado la soledad. Sin música y estorbos, sin cantos cáusticos o palabras prematuras. El ladrido de un perro apresura mis cavilaciones. ¿Vive alguien cerca de aquí?, pregunto. Me mira. Alguien en forma permanente, algún isleño, agrego para que la pregunta tenga algún sentido o eso que llaman sentido. ¿Lo dice por el perro? No, son perros salvajes. Vagan sin presunción de huéspedes o inquilinos. Caminan de isla en isla en busca de comida. Perros, también a ellos les gusta la soledad. Sin música y palabras prematuras. Escucho el ladrido, no, no es hora de seguir corazonadas, la tarde cae.

 

Probable. Un muerto. Un muerto que no carga voz ni cuerpo. Como un objeto que ni siquiera conserva la energía de su creador. Antígona susurra. Quizá falta poco para un cadáver hinchado, sin gracia de madurez digna. Matanza para soñar con pececitos. Es tendencia de nariz caliente. Ahora. Luego, el Delta podrá apretar razonamientos y pálpitos. Laberintos, donde los sátiros juguetean deslumbrantes. Mecanismos de tensión salvados por una tarjeta. Suba, detective. Me doy vuelta. Aprieto el bolsillo. Si las Ondinas van a enseñar rabia, mejor una lengua sagaz para evitar malos entendidos.

Vamos despacio. La lancha parece moverse de acuerdo al humor suave del río y el viento inmaduro. Marcelo carga una pequeña lámpara. La luna es una moneda en la noche irreverente. 

Una casa con una tiara en el techo de luces violetas. ¿Y eso? Es la casa de Oso y Hebe. ¿Es un bar? Sí. ¿Alquilan para dormir? Sí. ¿Puede llevarme? Si quiere tomar algo, jugar, lo que sea, yo lo puedo llevar a otro lado... Ya tomé, ya estoy jugando, ya lo que sea que esté ocurriendo me tiene en primer plano. No, quiero ir ahí. Marcelo sujeta el marco de sus anteojos azules con actitud huidiza. ¿Usted no quiere entrar? No, ahora no, pero tengo un conocido parando ahí. Hace días que no lo veo.

Llegamos, detective. Cuidado, yo lo ayudo a bajar. Me ayuda con la destreza de un fusil corroído.
Serpentea un camino de tierra, astuto entre árboles y plantas y flores. La puerta es abierta por un hombre de pelo largo y gris, holgado en camisa y pantalón naranja, cejas que destellan en negro. Buenas tardes, me llaman Oso. ¿Puedo pasar? Pequeña, paredes que parecen de barro pero no lo son, botellas de vidrio adornando espacios con estrategia y armonía. Ventanas circulares. Mesas y sillas desparejas, coloridas, antiguas. Suelo azul. ¿Qué va a tomar? Ginebra, por favor. Una mujer lo observa, del mismo gris su pelo, ojos de barranco celeste. En la mesa de enfrente. Se levanta y se acerca. Detective, mi nombre es Hebe, soy la compañera de Oso, ¿lo puedo ayudar? Una curiosa, una morbosa, una aburrida, una vieja cansada de clientes fugitivos. No. Es una mujer que supo darse cuenta de que soy un detective.

 

No es noche para curiosos, distraídos y altruistas. No es la noche amiga de quienes recorren islas, detective. No tenía sentido preguntar cómo supo que era detective como no tenía sentido que me dijera que fue por intuición, por el color de mi saco o por un rictus en la comisura de los labios común a todo detective. Oso me trae el vaso con ginebra, nada de bondad en la medida, Hebe me miraba a la espera de alguna palabra digna. ¿Nada raro en estos días? Pregunto más para salir del paso que para obtener alguna pista fiable. ¿Se refiere al hombre que murió? Sonrío. No detective, no soy adivina, no se deje engañar, somos pocos, vivir en una isla o en una embarcación en medio del Delta te obliga a extremar los sentidos. Oso me sirve otra medida poco bondadosa de Ginebra. Me refiero al hombre que desapareció. Oso y Hebe se miran. ¿Lo conocían?, pregunto. Poco, responden. Rumores sobre su nombre. Rumores sobre sus días. ¿Conocen al hombre que me acercó en lancha? Detective, no malgaste preguntas. El tiempo y la palabra son entidades muy valiosas para ser empleadas sin vigor y entusiasmo. Ya le he dicho, somos pocos y vivir en una isla o en una embarcación agudiza los sentidos. Conocemos a cada uno que surca río arriba o abajo, a cada uno que camina por senderos estrechos o trepa barrancos, a cada borracho, a cada estafador. Pero conocer no es suficiente, en estos casos, conocer es ignorar. Tendrá que andar a oscuras o buscar velas en otros entierros. Le puedo ofrecer una cama, otra bebida o un plato con comida, se lo ve cansado, pero no le puedo ofrecer certezas.  Otra bebida, digo. Oso acerca la botella, no se preocupa en servir. La puesta del sol nunca me pareció poética o digna de elogios, tampoco en el Delta. El río se desvanece en contorsiones predestinadas al fracaso y las vidas en contorsiones predestinadas al suicidio. A dos muelles de distancia la única embarcación amarrada que se distingue se balancea somnolienta. Hay gente en aquella isla, murmuro con ínfulas de profeta. No. No es común que los botes estén amarrados si no están en sus islas, agrego con extrema velocidad. Cada tanto el bote amanece amarrado, hay quienes dicen que uno nunca se va de una isla si fue isleño, hay quienes dicen que eso llamado nostalgia nos habita. Si quiere mañana a la mañana Oso lo acompaña. En invierno, por la mañana, la niebla suele ser traicionera, pueden ir por tierra si lo desea, los puentes son frágiles pero inquebrantables.

 

Huéspedes del día, llama la pareja a los pájaros. Yo los llamo testigos. En sus picos, la madeja a destrabar. Más clara, más limpia. Un haz de luz cae sobre el suelo azul, dibujando una mancha sin rendición. La habitación es coqueteo para un pasajero fugaz, sin correas ni bozal. Tampoco simpatías. Una cama, un placard que quizá ensueñan otra noche conmigo. Peculiares, los atrapasueños en cada pared verde.

El sol atormenta piel y sentidos. Oso está listo. Dice que mi ropa no es la indicada. Digo que voy al baño. Con rapidez y gusto atento.

Los puentes son viejos, de madera. Alguno perdido y novedoso. Los transito sin que me importen los enigmas que crujen a cada paso. Siento lejos la casa, la siento ausente. Del mismo modo que un loco podría no advertir el acantilado. Dicen que espera un cocodrilo debajo. De aquellos que en el antiguo Egipto maldecían la vera del Nilo. Mientras, otros eran adornados con joyas. Pues ellos, los cocodrilos, decían, tienen una membrana en la visión con la que pueden ver sin ser vistos. Como Dios. Como Dioses. Como sea. Soy un peregrino entre juncos maduros. La espalda de Oso cuenta kilómetros y pocas plantas nativas.

El terreno cambia. Maleza. Desprolijidad de quien no le interesan proporciones ni paletas de color. Sólidos platónicos en fuga. Seguimos a zancadas. Algunas plantas arrojan espinas y preguntas. Me respondo a veces en el silencio de rocas y de vasos. Llegamos, dice Oso, debe de estar en el fondo. Primero lo traje acá porque a veces ese hombre sé que venía. ¿Jaime? Sí. Jaime. 

La casa blanca, sin imaginación ni refinamiento. Se impone similar a un castillo Albigense embestido por santidades que imponen: “maten a todos, Dios reconocerá a los suyos”, fucking Almeric. Masacrado el castillo, masacrada la casa. Aún así, el fondo cuidado, rescatado por la única ternura que ha de quedarle a la mujer. Vestida de verde y negro. Da vueltas en círculos. Sin árbol en el centro, sin nada. Tan sólo círculos. Voy hacia ella. Lleva zapatos rojos. Tacones insólitos para una tierra que atrapa sincronicidades o endulzamientos de charlatanes. “Mientras bailamos tangos fatales”, canto con voz débil.

 

Mujer, tacones, vestido, paisaje, nada parece encajar. Oso se detiene a pocos metros, se apoya en uno de los árboles y mira, curiosidad y compasión se mezclan en su enorme semblante. La mujer no remite sorpresa. Hombre temeroso de lanchas y ríos, comenta con sorna vivaz. Hombre temeroso de mujeres con tacones y también, claro, de lanchas y ríos, respondo en un intento de ocultar ansiedad y temores. ¿No le parecen apropiados mis zapatos? Me parecen excitantes pero no sobre caminos escabrosos y rústicos. De eso se trata, de lo escabroso y lo excitante, mezcla casi perfecta para mañanas de niebla o días insolentes, responde. Enciende un Virginia Slim, exhala humo. Una escena arracada de algún libro de Chandler, la mujer fatal de los policiales negros, pensé, sonreí, Marlowe, no soy Marlowe, me dije en voz baja, no estoy en los bajos fondos de Los Ángeles. ¿Buscan algo?, pregunta la mujer. A un hombre que desapareció, respondo sin preámbulos, la pica sobre el cráneo, el tiro en la frente, nada de discursos extenuantes o parágrafos que dilatan el momento en el cual la historia quiebra o termina. Oso, mimetizado con el árbol continúa en su espera paciente. ¿Detective o policía? Curioso, sin perspectiva de futuro y dudosa esperanza en los presentes, respondo. ¿Qué hace una mujer en tacones en una isla desértica? No permita que su curiosidad avasalle buenas formas y decoro, detective. Espera a su marido. ¿Qué hace que un hombre haga esperar a una mujer en tacones en una isla desolada? Resaca detective, resaca. Y fatal poesía al contemplar el primer cigarrillo de la mañana, me gusta la niebla y el humo, me gusta mirar el río mientras espero. No se sorprendió cuando le dije que buscaba a un hombre desaparecido. Nada me sorprende en estos campos, hombres, mujeres, buitres, zorros, aquí todo desaparece, aparece, se disuelve, se compra, se vende. Parece que tendrá que esperar un rato más, digo. Me mira. No pronuncia palabra. La casa parece vacía pero habitada a la vez. No es resaca aquello que detiene al hombre. Por un momento, cuando el sopor de los tacones me dejaron pensar con claridad concluí que me estaban observando. Saludo y continúo el camino, Oso se desentiende del árbol, algo me dice que volveré a ver a esa mujer. ¿La conocés? Oso me mira. La he visto algunas veces. No insisto, hombre de pocas palabras. Buscamos un lugar donde poder observar la casa sin ser vistos. Extraña presunción de condenados. Los senderos están cargados de huellas y puestas desgajadas. Pisadas de hombres y de bestias. Sus ojos me llaman la atención. Son marrones. Son profundos. Su expresión no merece compasión, merece respeto. Le gustan los perros pregunta Oso. No respondo, no es cuestión de gustos.

 

Será mejor que sigamos, detective. Zapatos rojos, nuevamente, invadiendo a aquel que me piensa. Continuamos ahora por senderos sospechosos de facas y amores ocultos. El Delta es una maraña. Oso camina con soltura, un templario eficiente que cava por anhelo de historia. Mientras yo choco con cada yuyo. Cierto. Mi ropa no es la indicada para caminos de mandíbula reseca y explorador inexperto. Sabe usted, detective, nunca uso machete, me parece irrespetuoso aunque le pida permiso y consagración a la hermana planta, a la hermana rama, salvo... Se interrumpe solo. Poco me importa. Las únicas hermanas que conozco eran tres tiranas con una joven de pobrísimo horizonte o esas que cortaban sin piedad el hilo de la vida. Zapatos de cristal, incómodos. Rueca de mierda. Las otras hermanas que conozco se refugian entre paredones o siendo misioneras auxilian esqueletos de carne suelta, por esperanza y fe o por represión. Seguimos por el camino amarillo, sin Oz, sin paradas para que el frío no apriete los dientes. Angosta, interminable, la ruta. ¿Qué es esto, Oso? Hongos. ¿Se pueden comer? Por supuesto. Pequeños, me contemplan como si fuese un participante desesperado. Pero no me gustan los hongos. Las tripas de este cielo de ramas ocultan el sol.

Ahí, el barquito de Jaime, ya estamos, detec, ¿lo puedo llamar así aunque sea? Sí. El pequeño barco, arrullado por la gravedad de un río que crece de igual manera que el crimen que quizá se aloja. Jaime. No diré desaparecido porque duele. Jaime se perdió. Entre brazos de ostia o excomunión. Le negaron delirio y raíces. Siempre es un tal vez, un quizá. No trae la profundidad o la cima fría, un cuerpo. Una cualidad primitiva que deshoje sospechas y reafirme dientes crudos.

Pintado de rojo. El ancla en el lugar donde debe ir un ancla que no sueña con tierras prometidas ni con paraísos de oro y plata. El espacio entre la embarcación y nosotros. Con cuidado, detec, trate de abrir más las piernas. Lo más que puedan cincuenta años, pasajeros de eternidades donde el humo y las torpezas. Las decepciones. Eternidades, agujeros de gusano para aterrizar sin memoria. Hace mucho, escuché un cuento: buena suerte mala suerte; mala suerte buena suerte. Dados principiantes subiendo a barco ajeno.

Un mesa minúscula. Dos sillas. Un anafe eléctrico, igual que el hornito totalmente negro. La cama a unos pocos metros, tendida como un enjambre sin disciplina. Heladera de habitación de hotel. La bacha. La puerta de un baño donde yo no podría entrar acompañado por mis gustos. Después de horas, nada inusual. Es un hogar o una casa o un barquito de papel. Cortinas blancas en cada ventana, que son casi la totalidad del espacio. Detec, mire esto. Dentro del horno, un extraño e inmenso barbijo verde, debajo, billetes de mil pesos. Suficientes para dislocar nebulosas.    

 

A fin de cuentas todo es cuestión de dinero. Oso toma uno de los billetes, papeles pintados, dice. No detec, no crea que no me interesa el dinero, pero no puedo dejar de ver papeles pintados, si, lo sé, con estos papeles pintados puedo abastecer el bar y reparar el barco, con otro tipo de papel no podría. Por estos papeles pintados hay personas que matan, venden a su madre, corrompen a sus hijos… Y si no me equivoco, interrumpo cavilaciones y lugares comunes, estamos ante uno de esos casos. Oso continuaba con el billete en la mano. ¿Notás algo raro? Oso miró con atención, primero uno, después otro. El barquito se balanceaba suave, los ojos de Oso se balanceaban suaves. Oso sonríe suave. Sí, respondo a una pregunta nunca formulada, papeles pintados, en este caso, son sólo eso Oso, papeles pintados. ¿Qué hacemos detec? Bebamos algo y divaguemos sobre el mundo mientras nos mareamos a orillas del Delta, respondo. Envolvelos en el barbijo y vamos, si alguien los viene a buscar no quiero que nos encuentre. Hombres y billetes en travesía por entramados hostiles. Hombres y billetes, unos tras los otros como carneros tras pastizales. ¿Los podrás esconder en el bar? Tengo mejores escondites, usted no se preocupe. Nadie los encontrará, nadie sabrá de ellos. Un hombre desaparecido, un amigo, una mujer con tacones que penetran iracundos en lodo soporífero, Oso, Hebe, el Delta, billetes falsos como papeles pintados en jardines de infantes. Selva e islas abandonadas, puentes crujientes como tostadas árabes. Caminamos. Los retornos siempre parecen más cortos que las idas. Los primeros destellos del bar se dejaban ver entre ramas de árboles centenarios y residuos de niebla. Entramos al bar. Sentados en la barra la mujer de zapatos misteriosos a su lado, junto a un vaso a medio beber, un par de lentes de color azul esperan.

 

Una Alejandría entre sabios resignados, urgentes en llamas. Su voz, oculta. Por minutos. Inmortales, de faringe caliente. Ese gesto, ¿lo ve? A cada rato se sube los anteojos azules, siempre lo hizo, es característico de Marcelo y siempre, no sé por qué, me dio repulsión. Como la película de Polanski. Detalles. El arte es detalle. La vida. Nos sentamos. Mi ginebra, su vodka con Speed. Su gusto joven para párpados en bajada. ¿Confía en mí? Detec es un detec, no podría confiar del todo, honestamente. Zapatos rojos, tacones rojos. Un hombre y una mujer que ríen con sutilidad en una mesa cercana. Mientras sus vasos se multiplican como panes. Recuerdo a Saulo de Tarso, nuevo en su nombre Pablo. Esas cosas que escucho y sin comprender por qué las traigo como, además, peces multiplicados. El bar es una cabaña de madera oscura. Numerosas mesas, de esas que pertenecen a añejos bares de Buenos Aires. Sillas que evocan la soledad de Van Gogh. En sus paredes, fotografías del Delta. Un gigantesco mapa que contempla nuestras caras. Los clientes son pocos. La única mujer tiene el pelo del mismo color que sus tacones. El vestido negro y verde. Cuervo negro, vida eterna, me narró una loquita respecto de intentos. Me siento incómodo, detec, ¿podemos irnos?, por favor.

¿Qué es, Hebe? Una olla de barro. La anciana sonríe, cerrando un poquito los ojos. ¿Qué hay adentro? Laurel y otras hierbas. ¿Veo piedras? Son regalo de un amigo de Perú, hijo de Incas, Sangre Real. ¿Para qué es todo esto? Noé, nuestro amigo, no se siente bien. ¿Noé? Si, aún no lo conoció porque él no está en condiciones de hacerlo, está muy viejo y enfermo. ¿El conocido de Marcelo? ¿Dónde está? Hebe simula no escucharme. Mientras yo simulo no sorprenderme. Cesaria Évora entretejiendo, la imagino cantando, con su grito de pies descalzos, campesinos. ¿Nunca escuchó un canto Ícaro, detective? No. Primero, suave, luego crece como la lluvia que empuja, en este momento, las ventanas y el techo. Hebe canta: “Tierra, mi cuerpo; Agua, mi sangre; Aire, mi aliento y Fuego, mi espíritu”. 

 

Dice Hebe y continúa en su faena. Tierra mi cuerpo, dulce la voz, escucho, suave, Agua mi sangre. Los cuatro elementos, señala Oso, un canto ícaro, detec, ¿nunca lo había escuchado? No, Oso, nunca. ¿Conocés a Marcelo? Sorpresa en los ojos de Oso. Si no me equivoco no es un nombre nuevo, todos, aquí, se conocen y son conocidos. El hombre que está en el bar. El hombre de lentes azules. No es una cara nueva para mí, pero lo conozco por otro nombre. Hebe leyó mi confusión. Nombres, detective, nombres como billetes falsos. Miro a Oso. No se haga problema, puede confiar en Hebe más que en mí. El hombre que está en el bar es Jaime, el nombre de la mujer no lo sé pero creo que es la esposa. ¿A quién busca, detective? Fuego mi espíritu, escucho, a quién busco, me pregunto. Nombres me respondo. Hebe y Oso cruzan miradas cómplices. La certeza es una línea delgada que flota inconsciente en el agua, el leve aleteo de un pájaro desfigura su singularidad, crea otra línea, crea otra realidad. Hebe y Oso dicen más en las miradas que en las palabras que pronuncian. Agua su sangre, me digo. Seguir el juego, de eso se trata. Hebe se acerca a la olla de barro. Noé, nuestro amigo. Se revela todo.

 

No es un anciano. Un protegido que sí parece en extremo cansado. Ese mismo cansancio que se abre después de una juerga solitaria y nocturna, cuando los monstruos al día se retiran debajo de la alfombra. Frente a mí un joven. Sí, es un joven con voz de anciano. Un joven. Una mentira. Un intento de engaño tan absurdo como una rata creyéndose en monólogo. Haciendo muecas que cree graciosas mientras el veneno agudiza el preámbulo de su injusta muerte. Alivio ya. Corra ya. Siga ya. Al carajo, ya. Engaño tonto para el conocido de Marcelo. El escoltado de Hebe y Oso. Piel aceituna, ojos negros o marrones, no puedo distinguir por completo. Pelo oscuro y ondulado hasta los hombros. Las baldosas azules soportan a un joven alto, con extremidades de peligro para quien no sepa respetarlo. ¿Noé? No, detective, en verdad me llamo Elías. ¿Por qué me mintieron en todo?, alzo la voz y ruedo para juzgar cada cara que se presenta ahora. Baje la voz, detec. Si mentimos fue por falta de confianza. No por deshonor, dice Oso. Hebe acerca un vaso de barro al chico. Él lo toma, cerrando los ojos. Lo traga, mirando hacia arriba. ¿Para qué toma eso?, digo con la voz tan baja que siquiera puedo escucharme. Sigo enfermo. ¿Qué tenés? ¿Y Marcelo y Jaime? Ninguno, detective, ninguno es mi amigo. ¿Marcelo? No, no es mi amigo. ¿Un conocido? Un mal por conocer, tal vez, no lo sé, detective. El chico habla con entereza consumida. Así lo recibo. También recibo hombres, lanchas, barcos, billetes falsos. Todo es rojo ahora. Como el pelo de la mujer, como sus tacones. La sangre. Y recibo cantos hipnóticos, viejos de un talento desconocido, capaz de alterar al Lucero del Alba. Noé no es Noé. Marcelo y Jaime son una escultura deforme, creada por un novato. Que no lleva madonna y tampoco coqueteos con la locura. ¿Por qué, Noé, Elías, perdón, por qué estás enfermo? Hebe y Oso se agarran de las manos. Elías trepa hacia ellos y da un beso a cada uno. Luego me habla con ternura. Mi Fuego vio demasiado, dice.

 

Mi paciencia llega poco a poco a su límite, ríos y lobos combaten desesperados entre losas extraviadas en bosques famélicos. Intento serenar mis impulsos, intento comprender. Intentos, insuficientes intentos. Los ojos de Noé o Elías o como se llaman se encienden de a poco, los ojos de Hebe y Oso continúan encendidos, siento, yo, que mis ojos se apagan. Una nueva prueba, repito, en una serie de sintagmas que no aportan nada a la conversación. Viajes detective, entre puertas y senderos ocultos, entre antepasados y descendientes. Entre llamas y gélidos paisajes. No toda posibilidad del viaje descansa en las bondades del río, no todas en las extensión de la llanura, detective, hay senderos que trascienden aire, fuego y agua. La tierra nos tapará, tarde o temprano nos tapará. No, detective, no son viajes placenteros entre líneas blancas y cilindros de vidrio. Estoy hablando de convertirse en águila, de caer desde un precipicio, de abrir alas a la extensión de nuestra inconsciencia, de nuestra inocencia, de traspasar la puerta que separa el mundo del templo, de traspasar sarcófagos y cuerpos, entrar allí donde conviven y permanece todo perdido y lo por perderse. Allí, donde espectros no son espectros y uno es pasajero en tránsito, donde esto llamado vida se desvanece para transformar la carne en sustancia, para transformar huesos y sangre en alma, en aura impaciente. Visiones, viaje a través de estelas de luz que desprenden nuestras experiencias pasadas y futuras en su andar. En su retornar, en su debatirse entre dolor y aprendizaje. La voz dulce de Noé conduce de la mano al pasajero, me adormece, me despierta, aplaca mi ansiedad. Camino entre niebla, despacio. Camino entre luces, despacio, dice. Viejos y jóvenes, vivos y muertos, pasado y futuro. Como el águila que se precipita hacia el fuego y lo penetra.  Lanza al hueso, sangre al río. Era y no yo quien navegaba en el bote por el canal, mi cuerpo, sentado, con río arriba, dejando que las aguas lleven donde el viento, las olas del mar que no era. Era y no, yo el águila que sondeaba espacios oscuros, que planeaba sobre mi cabeza que era y no era mía. Era y no yo quién guiado por estelas de luces caminaba por un entre espectros de naturaleza salvaje, de naturaleza viva, en movimiento. Era y no. Cómo es o fue el cuerpo que cayó entre al agua, que no prestó resistencia, que fue conducido sin cordialidad y benevolencia por corrientes hostiles. Era y no yo quien presenció un homicidio entre visiones. Quién estaba y no estaba, pero también quién no puede dar enunciados convincentes a oídos racionales. No entendí.

 

Voces. Punzantes. Invasoras. Digo voces porque parecían dos, como si Jaime tuviese dos bocas. Y miré. Como un trazo del cielo estrellado, así se movía, pero a la inversa: un círculo gris y negro. Podía darme cuenta, se trataba de Jaime. Como un redondel obeso, moviéndose compulsivamente. El tiempo correspondía sólo a esa figura tenebrosa. En ninguna prueba experimenté algo así. Lo que había sido puntillismo colorido, radiante, a cada momento, en cada ser, se transformó en un escenario tirano, donde podía y no podía Ver. Sé que escuché. Sé que huí. Sé que mi águila se había convertido en escorpión. Me arrastré como pude. Los hermanos del Delta, que me habían enseñado su movimiento para dejar de lado su manifestación ilusoria, no estaban. Me sentí huérfano entre cementerios. Sentí que la tierra me desgajaba, que tal vez faltaba poco para que esas voces me envenenasen con golpiza o destierro. Y el río, el río, detective, al igual que con Faraón, era rojo. Las voces se esforzaban hacia el tiempo. Algo de vida quedaba en mi cuerpo, algo de lucha, algo de resurrección. Me levanté y corrí. Como un infortunado caballo, a cada lado era gris, grises, como gusanos. Ya no me sentía ligero pero seguí.

Lo encontramos en la puerta, dice Hebe, vomitaba, pero esta vez no parecía usual, tenía muchísima fiebre. Lo llevamos a su habitación. No habló durante tres días, no comió. Al cuarto día nos contó.

Estos hongos traen lo que somos, dijo Hebe, una Planta Maestra nos da mensajes. Lo que soy se refugia entre tarjetas y canutos. Ginebras y ovillos. Dicen que los sabios no toman del río de la memoria. Al joven lo llevó hasta un extraño de dos bocas. Un río de sangre, para taconear siendo una discípula que flota y que aún, no fue verdaderamente interrogada. Zapatos rojos. 

 

Es complicado creer y no creer, es complicado hablar y escuchar, por eso lo trajimos aquí, por eso lo protegimos. Por eso no querían que lo viera, pregunto. Hasta estar seguros de quién es usted, hasta estar seguros de quién es él, ahora, que la tormenta dejó cicatrices pero continúo en su camino. No hay muchas personas, en el Tigre, lejos del Tigre, que quieran comprender, que no lo acusen de delirante, que no lo acusen de asesino. Es más limpio para un oído educado las palabras del culpable acompasada de pruebas y testigos dudosos que voces indefinidas entrelazadas en visiones macabras sin intención de pruebas y testigos. Cuando supimos por usted del hombre desaparecido, las visiones y voces de Noé encontraron descanso al poder ser escuchadas. Un hombre con dos bocas, un río de sangre. Un testigo, billetes falsos que sonríen en su desidia, una mujer con tacones rojos que sonríe en su perverso andar enigmático, un hombre con dos nombres, un cuerpo sin nombre y voluntad, un río que todo lo sabe y espera.

¿Tiene novedades, detective? Se acomoda los lentes azules, la mujer saluda con un movimiento de cabeza. ¿Se conocen?, pregunta el hombre. La vi mientras paseaba por las islas, respondo sin dar lugar a la mujer, los paseos en la mañana siempre fueron de mi agrado. Se conocen, pregunto, sin dar lugar a fantasías y extravíos. Tanto como una mujer puede conocer a su marido. Poco, entonces, agrego al comentario de la dama con sarcástica sonrisa, nunca podemos conocer al otro porque nunca podremos conocernos a nosotros mismos, continuo parafraseando a Auster en esos destellos de poética estupidez que recubre conversaciones inesperadas. Bebo mi ginebra, el hombre bebe su cerveza, la mujer su bebida colorida y triste. Saco un billete de mil pesos y lo dejo sobre la mesa, yo pago, digo en gentil maniobra. El hombre corre el billete en señal de desaprobación, paga la dama, voz apresurada ante impredecibles tempestades. La mujer mira el billete, me mira, mira al hombre. Nunca comprendí esas escenas en que todos se miran, en que todos parecen no mirar, en que todos guardan un secreto y todos sabemos de qué secreto se trata. En otro momento pagará la dama, hoy no.

 

El camarero se lleva el billete. Me doy cuenta de que el encargado lo inspecciona. Pero el papel, mala suerte-buena suerte, buena suerte-mala suerte: directo a la caja registradora. Tiempo de perderme entre las fotografías. El humo grueso y simpático que ha de provocar marineros. Los clientes son más numerosos que la última vez. Seis jóvenes. Y una mujer con tacones rojos. ¿Conoce a Jaime? Suelto como pregunta a pitonisa. A virgen vestal. Ofrendada a un hogar donde las vueltas solitarias ganan a sólidos pilares. No, no lo conozco. ¿No vive acá? Llegué hace pocos días. ¿La casa blanca es suya? Los tacos rojos ríen con crueldad. No. ¿Algo más? La Sirenita tiene el mismo pelo que usted. La mujer abre los ojos negando el torpe halago. ¿Qué? Nada, respondo. Detective, no lo tome a mal pero le pagué para encontrar a mi amigo, a mi hermano, dice él; Jaime tal vez está en peligro mientras usted disfruta de su ginebra. Comprendo, Marcelo, lo que no comprendo es cómo su compañera no lo conocía si son tan unidos. Hace apenas que estamos juntos con Marcelo, nunca conocí a Jaime, ¿está bien la respuesta? Otra vez, los zapatos rojos se ríen de mí, febriles, astutos. Creer y no creer. Lo poco que una mujer conoce de su marido. Lo poco que un hombre conoce de una mujer que no es su esposa. Río rojo, gusanos, energía. Círculos con voces macabras. El chico fue amplio en su relato. Un sueño que aún esconde el por qué y él para qué. Sin reparación el hueso y la carne. Viajes no reivindicadores. Viajes como nubes caprichosas que no mantienen formas con dignidad de respuesta. Nos vamos, ¿usted se queda? Tengo que seguir haciendo unas preguntas. La mujer no saluda. Marcelo tampoco me observa, toca su barba negra con una mueca infantil. Deja la propina sobre la mesa, como quien escribe un poema vengativo.

Jaime y Marcelo son uno. Desde chicos. ¿Qué más sabe, Hebe? ¿Me alcanza eso, por favor, no, ese frasco no, el de al lado? Gracias. ¿Qué más sé? Que son parecidos en casi todo. Que les gustan los cuchillos y las mujeres. Que la mayoría les tiene miedo. ¿Y usted? Me parecen dos idiotas. ¿Nunca vinieron acá? Una vez y los echó Oso. Tenían tanto alcohol y cocaína encima que no se sabía si aún eran seres humanos. No como usted, por supuesto, usted es perspicaz y rápido. ¿Quiere? Oso me ofrece maría. No, gracias, con los años empecé a llevarme mal. ¿Se paranoiquea? Sí. Entiendo. ¿Y Elías? Sigue en la cama, detec, se siente débil y confundido. Oso enciende música. Shpongle, ¿le gusta?

 

Escucho cuerdas, ritmos rápidos, dedos ágiles. No, respondo. Prefiero las voces ásperas y desesperadas, nunca la virtud descansará en un acorde veloz y bien ejecutado. Oso me mira. Hebe me mira. Yo los miro. El músico ejecuta sus músicas. El hombre y la mujer se marcharon. El billete falso descansa en la caja y el camarero disfruta de su falta de perspicacia y atención. Marcelo y Jaime son uno, dos bocas, hermanos, amigos, socios, demasiados calificativos o como se llamen esas palabras para definir la relación entre dos personas. Le acerco un billete de mil pesos al camarero, él me mira, los que te di antes era falsos ¿Conoce a la mujer? La vi un par de veces, verla no es conocerla. Sonrío. Sonríe. Lo miro. Me mira. El billete le digo, el billete falso. Sonríe, lo busca, me lo alcanza. Algunas preguntas sin responder, algunas certezas. Jaime no sabía de los billetes falsos, la mujer sí. Hay alguna óptica por aquí, pregunto casi en tono infantil. Hebe y Oso no responden. Ninguna mujer de zapatos rojos estaría con un hombre de lentes cuya montura azul no se ajusta a su rostro.

 

Ahí, ahí vi el círculo con dos voces. ¿Tan cerca del agua? Sí. Pero no me acuerdo bien, estaba de hongo, no se olvide. No me olvido de peregrinaciones con el Sol sin carruajes, un Helios de hongo que sonríe incluso a lo inerte, surfeando entre copas de árboles; tal vez apuntando al camino amarillo, pero en esta isla, el camino es un réptil sin remordimientos. Comiendo lo que encuentra y quizá, más tarde, a nosotros. ¡Cuidado! El chico me detiene. No es venenosa pero mejor que no lo pique. Me acerco a la orilla. Las olas frágiles. Las ramas susurran historias que nunca podré escuchar. Algo similar a la tranquilidad cae sobre el invierno y sobre mí. Pero no es momento de capitán conmovido por ninfas. Dicen, cada una de ellas vive en un árbol, si se tala, la ninfa muere. Marcelo y Jaime son uno, dos bocas, hermanos, amigos, socios. “Se parecen en casi todo”, dijo Hebe. Entre matorrales encuentro un par de gafas azules. Debe ser el perro su Animal de Poder, me dice Elías. Mi poder viene de otra cara, como aquella que no muestra Mercurio. Mi poder viene de bastos borrachos y espadas blancas. De ensoñaciones fatales y realidades en mayúscula.

¡¡¡Detective!!! El Hades no ha sido favorable para un cuerpo hinchado, azul, irreconocible para madres y hermanas. Amigos. En la garganta un gigantesco corte. Eso sí puede advertirse con facilidad. Sí abre a mayores conjeturas. El chico se sienta sobre la tierra. Se tapa la cara con las manos. Comienza a llorar. Entendible en la impresión de ver a un muerto que no parece muerto sino embestido por el horror. Entiendo, es muy fuerte lo que viste. No, no es eso, detective. No eran dos voces, eran tres o cuatro. También la mía… Estoy empezando a recordar.  

 

Miro desconcertado, pienso desconcertado. El chico continúa con las manos en la cara, llora, recuerda, visiones, sueños, nebulosas densas sobre bosques ocultos. Fragmentos dispersos, pinceladas de un cuadro que fue pintado hace años. Un cuerpo, otro, que ya no puede ocultar vergüenza, llanto, nostalgia o euforia. Un corte en la garganta, una billetera en el bolsillo del saco, las aguas no fueron severas, tampoco fosa adecuada para crímenes apresurados. Identidad comprobada en documentos, billetes como papel pintado entre otros de confección oficial, una foto doblada en cuatro, una cadena de oro al cuello esquivando sangre y herida. La ropa sin desgarrar, un corte limpio, una discusión frugal, pienso, miro, pisadas en la tierra, el tiempo no borra toda aquello que dignifica a la víctima, delata el victimario, detalles que escriben sentencias en hojas infames. Tres o cuatro voces, repito. Hombres, voces graves, escucho. Tres o cuatro hombres y una mujer silenciosa, pienso. No hay huellas de tacones, no hay ruptura en tierra y barro. El motor de una lancha que no era el de mi lancha, voces que no eran mis voces, un grito agudo, una luz fuerte, me encandila, me aturden las voces. Ramas que se quiebran, pasos que se apresuran. Buscamos, el chico en su memoria, yo en tierra áspera. Una lancha que se aleja, pero no todos se fueron en lancha, agrego, pasos que se internan en dirección a la casa, marcas lisas, contornos suaves sin detalles en superficie, zapatos dignos de oficinistas y gerentes de poco andar y mucho presumir. Jóvenes en busca de aventuras y otros en busca de refugio nunca utilizarían estos zapatos, sí, hay dogmas que sostengo estoico.

 

Era un círculo negro, detective, gigantesco. Se movía circularmente, contrario a las agujas del reloj. Ya le dije. Eran tres voces, sí, eran tres. Y además… además fueron gritos. No me quedé escondido... ¿Cómo? No, fui hasta las voces y empuje al círculo. Voy recordando. También mi voz. Despacio. Pero quedaba, más pequeño, el otro círculo negro y movedizo. ¿Dónde lo empujaste? Creo que al agua. Era pesado, sin equilibrio, sin resistencia. ¿Tenías un cuchillo? No, jamás, ni Hebe ni Oso están de acuerdo en que lleve filos a mis pruebas. Su cara es otra, con eventos que lo persiguen como un inocente escapa de un cíclope, a quien le ha herido el ojo. Un Odiseo desarmado de una Atenea bondadosa. Boca de caverna sin sentidos, en una realidad que sólo él puede ofrendar o negarse. El chico no es el mismo chico, parece un hombre abatido por la geometría. Voces como soldados que despabilan. Que provocan temblor en su relato. Yo tengo el propio. Sin prohibiciones. Elías, nunca conocí a Marcelo. No fui contratado por él sino por Jaime. Por eso, la gorra, la barba negra, el pantalón largo en el intento de ocultar los borcegos que, probablemente, le daban más altura, los anteojos azules con los que se sacudía en graduación sospechosa. Cuando me bajó de su supuesta lancha, él no podía ver con franqueza. Además del truco hirviente de los billetes falsos en el barco de su compañero. Hebe dijo que a ambos le gustaban los cuchillos. Tanto que uno de ellos tuvo la capacidad de desprender piel y carne del cuello de Marcelo. Vimos, está degollado. Vos no lo hiciste, fue Jaime en identidad moderna y amanecida, días atrás. En viajes de percepción alterada o conjugada en aquello extra-ordinario que vivenciaste, sin darte cuenta, tiraste al río a Marcelo, ya sangrante, ya sesgado por el esqueleto, en cuyo terreno, cabezas, pies y manos. Jaime apuntó hacia un asesino, vos. Por eso me contrató. Mientras, la mujer, mientras los tacones rojos gritaban por innovación o por pasión esa tarde. Viste rojo, al igual que sus tacos. La garganta de Marcelo, rojas las aguas; preciso el joven que empujó a una vida gastada tal vez, por envidia. Tres son multitud, se dice. Cuatro son un asesinato estable y cerrado. Vos eras el sospechoso principal, la presa indispuesta convocada por la vehemencia. ¿Y el cuchillo? Ondeando entre olas, incapaz de ser restituido a una orilla o a azules que nunca serán interés para dos maleantes, buscadores de pepitas de lata. Y un hombre nuevo, lejano ahora. Con una mujer. Pero yo debería ir preso, a pesar de estar drogado. No, Elías, no hay arma homicida. Y nadie te vio. Que un curioso o un azul lo encuentren. Que se reproduzcan hechos con signo de interrogación perpetuos. Zapatos rojos era tres. Marcelo y Jaime, finalmente, eran y serán uno.

  

Saeg
López Tavani